Cuando somos pequeños vivimos inmersos en ese mundo fantástico, utópico, en ese del que realmente nunca me hubiera gustado salir, debe ser por eso que sigo teniendo mi parte infantil.
Los problemas del mundo no existen para nosotros cuando tenemos 3, 4 ó 5 años, nos quedan lejos, lejísimos, y seguimos viviendo en nuestro Nunca jamás particular.
Me gustaría seguir siendo una cría, no tener que preocuparme por cosas de mayores, no tener que darle vueltas a cosas que no tienen importancia, no tener que hacer caso omiso, o no tener que resignarme a muchas de ellas.
Ojalá fuera todo tan fácil como en los cuentos de hadas, como en esos cuentos que terminan con “y fueron felices para siempre…”, aunque siendo realista, los finales felices no existen, esa es la parte mala de los cuentos, que nos quieren hacer creer que todas las historias de nuestra vida pueden llegar a tener un final feliz, y bueno, lo que deberíamos de dar es gracias si conseguimos que muchas de esas historias tengan un final, bueno o malo, pero que lo tengan, que muchas de ellas parecen ser un punto y aparte.
A lo que voy es que añoro esos días en los que la única preocupación que teníamos era… Bueno, en realidad no teníamos ninguna preocupación.
No descubro nada diciendo que soy una fanática de las películas de Disney (la gente que me conoce lo sabe de sobra) que me encantan las cosas de niños, y que mi niña perdida sigue más presente en mi que nunca, cosa de la que no me arrepiento, porque me gusta seguir teniendo esa parte de ingenuidad…
Aún así, y con todas estas cosas, no podemos evitar que nuestro niño perdido crezca, no podemos evitar que ese chiquillo progrese, o avance a ese mundo de mayores, en el que a muchos no nos gusta vivir…
“Si Peter Pan viniera a buscarme una noche azul,
que me sorprenda a oscuras.
Por favor, que no dé la luz,
no vaya a descubrir que suelo mentir
cuando juro ser aún ese niño…”

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